La polilla
La polilla
Parece que vuelo pero en realidad es más bien una danza que llevo con el aire. Es mi naturaleza. Nada fuera de lo común, todo dentro del desprecio. Me combaten, me palmean, logro escapar, me rocían, me encierran, me echan y vuelvo a entrar. No hay nada que hacerle, soy una polilla. Esta casa me gustó desde que empecé a formar parte de sus placares. Es amplia, luminosa, con un excelente cambio continuo de aire, muy abierta. Por las mañanas estoy sola para despacharme por todo lugar como quiera. Lo disfruto. Excepto que hay una señora que siempre viste de la misma manera y es aficionada a la escoba. Esta señora ya me conoce y es inteligente, siempre encuentra algo a mano e intenta sacudirme. Cuando sucede una cosa así, me refugio en el placard por unos ratos. Muy pocas veces como, sino más bien me gusta descansar; es la falta de luz lo que me adormece. He llegado a comprender que no comprenden las señoras o los señores mi naturaleza, creen que estoy en sus ropas para devorarlas, pero no es así, no soy ambiciosa. Tengo mucho a mi alrededor cuando estoy dentro de un placard, lo que no indica que lo necesite todo, que quiera adueñarme de todo.
Es raro lo que me está pasando desde hace un tiempito y a la vez lo disfruto. Tengo necesidad de vida, me asusta y me alegra a la vez. No sé donde ponerme, el placard me asfixia y volar me cansa. Sin embargo sé bien una cosa: si voy a tener hijos quiero que sea en un lugar confortable. Busqué y encontré unas buenas telas grandes y dobladas en la parte superior del placard. Se está mucho mejor acá. Me voy a dedicar a dormir.
Mañana otra vez y me encuentro muy bien. Llevo un vuelo desplazado y ya me alimenté. La luz me permite ver mucho mejor. Hoy me siento grandiosa y fuerte. Casi invulnerable. ¡Qué cantidad de aire fresco en la casa! Ando pensando que me agradaría sea mía. No sé por qué lo pienso, supongo que por mi situación de grandeza. La señora me vio otra vez. Ella había estado frente al placard con una prenda a la que encontró mellada. Se lo hice yo por la noche cuando me moría de hambre. Supongo que se enfadó. No es justo, ellos matan para comer y a mí me quieren matar por morder unos hilos. La señora me persiguió con un pulverizador en la mano, con el cual me roció brutalmente. Nunca antes yo había experimentado una cosa de esas. El rocío que me cayó en las alas era frío y fuerte como ninguno. Lo respiré y me atacó por dentro. Empecé a caer, perdía fuerzas. Todo lo maravilloso que sentí por la mañana ahora se resumía en desesperación. Caí hasta el piso. La señora me volvió a rociar con ese líquido como si no hubiera sido suficiente. Quería deshacerse de mí cuanto antes. Mis alas dejaron de responderme y aleteaban convulsionadas, mis patas se paralizaron y yo me ahogaba. Al final, la señora me tomó de las alas y ahora me lleva con ella. No puedo saber donde y no creo que llegue a averiguarlo. Me estoy muriendo. Pero hay algo que me anima a pesar de todo: es que tengo hijos y sé que vivirán para continuar con la resistencia.
Parece que vuelo pero en realidad es más bien una danza que llevo con el aire. Es mi naturaleza. Nada fuera de lo común, todo dentro del desprecio. Me combaten, me palmean, logro escapar, me rocían, me encierran, me echan y vuelvo a entrar. No hay nada que hacerle, soy una polilla. Esta casa me gustó desde que empecé a formar parte de sus placares. Es amplia, luminosa, con un excelente cambio continuo de aire, muy abierta. Por las mañanas estoy sola para despacharme por todo lugar como quiera. Lo disfruto. Excepto que hay una señora que siempre viste de la misma manera y es aficionada a la escoba. Esta señora ya me conoce y es inteligente, siempre encuentra algo a mano e intenta sacudirme. Cuando sucede una cosa así, me refugio en el placard por unos ratos. Muy pocas veces como, sino más bien me gusta descansar; es la falta de luz lo que me adormece. He llegado a comprender que no comprenden las señoras o los señores mi naturaleza, creen que estoy en sus ropas para devorarlas, pero no es así, no soy ambiciosa. Tengo mucho a mi alrededor cuando estoy dentro de un placard, lo que no indica que lo necesite todo, que quiera adueñarme de todo.
Es raro lo que me está pasando desde hace un tiempito y a la vez lo disfruto. Tengo necesidad de vida, me asusta y me alegra a la vez. No sé donde ponerme, el placard me asfixia y volar me cansa. Sin embargo sé bien una cosa: si voy a tener hijos quiero que sea en un lugar confortable. Busqué y encontré unas buenas telas grandes y dobladas en la parte superior del placard. Se está mucho mejor acá. Me voy a dedicar a dormir.
Mañana otra vez y me encuentro muy bien. Llevo un vuelo desplazado y ya me alimenté. La luz me permite ver mucho mejor. Hoy me siento grandiosa y fuerte. Casi invulnerable. ¡Qué cantidad de aire fresco en la casa! Ando pensando que me agradaría sea mía. No sé por qué lo pienso, supongo que por mi situación de grandeza. La señora me vio otra vez. Ella había estado frente al placard con una prenda a la que encontró mellada. Se lo hice yo por la noche cuando me moría de hambre. Supongo que se enfadó. No es justo, ellos matan para comer y a mí me quieren matar por morder unos hilos. La señora me persiguió con un pulverizador en la mano, con el cual me roció brutalmente. Nunca antes yo había experimentado una cosa de esas. El rocío que me cayó en las alas era frío y fuerte como ninguno. Lo respiré y me atacó por dentro. Empecé a caer, perdía fuerzas. Todo lo maravilloso que sentí por la mañana ahora se resumía en desesperación. Caí hasta el piso. La señora me volvió a rociar con ese líquido como si no hubiera sido suficiente. Quería deshacerse de mí cuanto antes. Mis alas dejaron de responderme y aleteaban convulsionadas, mis patas se paralizaron y yo me ahogaba. Al final, la señora me tomó de las alas y ahora me lleva con ella. No puedo saber donde y no creo que llegue a averiguarlo. Me estoy muriendo. Pero hay algo que me anima a pesar de todo: es que tengo hijos y sé que vivirán para continuar con la resistencia.
